Cuando las circunstancias políticas y sociales se inmiscuyen en la vida privada, la de los amigos, la familia, los sueños, las pasiones, los pasatiempos, el ocio, el trabajo e incluso en el amor y el desamor de modo que no queda otro remedio que tenerlas en cuenta, se debe señalar que no se puede permanecer ajeno y menos creer que se permanece ajeno a la realidad circundante. No se puede obviar que la política comienza a importar, que las reglas sociales nos conciernen, que las decisiones que otros toman nos atañen; a pesar de haber manifestado en alguna conversación casual o con nuestra comportamiento que no nos interesan la política, o las reglas, y las decisiones que otros toman.

Ya suficiente tenemos con nuestra vida personal y el de las personas que elegimos poner en ella, para que tengamos que lidiar con gente que por ejemplo aún sublima y vulgariza el instinto sexual para impedir que lo veamos como algo propio de la raza humana y de la naturaleza. Lidiar con el discurso democrático en el que los demás deben vivir con lo mínimo porque el esfuerzo diario y la sobriedad dignifican, aunque esa regla curiosamente no aplique para los dueños de ese discurso. ¿En qué consiste el orden social o mundial? ¿Cuáles son sus principios? ¿Por qué determinadas personas se creen con el derecho a dirigir la vida de los demás según unas nociones de bueno y malo que al mismo tiempo resultan muy flexibles dependiendo de sobre quién se apliquen?

La sociedad por más que el mundo cambie ahora para bien o para mal seguirá teniendo sus claros oscuros, la hipocresía seguirá revolcando heridas que aún sangran y se amañará en nuevos eufemismos para designar según qué muchas cosas.

Lo bueno es que en medio de todo hay un arte que siempre surge para despertar el espíritu de esa indomable coherencia que tanto necesitamos, y que lo hace retratando de forma mordaz el germen en que vivimos.

Como siempre ha pasado después de cualquier crisis o guerra en la historia habrá gente que continúe, reconfortada en su amnesia, con su cotidiana vida como si nada hubiera ocurrido, amañados en la doble moral.

Veremos a quienes en algún momento hicieron tanto daño pasar a ser ciudadanos ejemplares sin mácula alguna, lo que los hará merecedores de sus lujos y comodidades. Incluso estarán los que hasta méritos y condecoraciones reciban. Y es que ni las peores crisis nos han enseñado a asumir las culpas por nuestra incapacidad de afrontar catarsis reparadoras.

Mientras siguen existiendo personalidades que niegan o siguen ocultando cosas en sus autobiografías o expresidentes en Colombia que se llevan secretos a la tumba, ¿Qué podría esperarse entonces del pueblo gobernado por personas así? A nadie le complace que le remuevan los muertos del armario, aparte de ser de muy mal gusto apesta en toda la casa. Esconder la historia por debajo de la alfombra tiene tarde o temprano su ajuste de cuentas, y tarde o temprano hay cosas que salen a la luz, cosas que normalmente esa parte cáustica del arte se encarga de revelar; y que lo digan los estamentos político y eclesiástico que han vivido por siglos de escándalos. El primero por. dar cabida en su seno a personas o personajes de dudosa reputación democrática y el segundo por olvidar su papel y dedicarse a compincherías y camaraderías para ahondar en su influencia y poder. No hay que dejar por fuera a ciertas organizaciones que deberían llamarse más bien sectas alienantes, que acosan a sus miembros descarriados para hacerlos volver al redil. Pero dirán algunos: ¿Para qué preocuparnos por todas estas cosas? Que lo único que hacen es arruinarnos la vida personal.

El planeta y el mundo continúan y no se detendrán, somos apenas un estornudo en toda esta historia, a pesar de que cambien los comportamientos sociales, protocolos, y medidas de seguridad, seguiremos viendo nuevas formas de adoctrinamiento para que los verdaderos intereses de quienes no perdonan y no aprenden a reparar se puedan seguir escondiendo detrás de nuevas formalidades y nuevos modales, que hoy se llaman asuntos diplomáticos. Muchos tienen la esperanza de recibir incentivos y ser tratados con indulgencia, pero la realidad será humillante como siempre donde el ocupado tiene que costear la ocupación, o sea la víctima, entendámonos, debe proporcionar la vara con la que va a ser apaleada… Y todo esto, faltaría más, sin perder la sonrisa de los labios. ¡Cómo para no tomar partido!

Principalmente escribo canciones, lo de aquí son fragmentos e intentos por escribir otras cosas.

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